lunes, 22 de septiembre de 2008

Café

El trago de café bajó suavemente por su garganta y Epiménides seguía ahí, al fondo de su conciencia, como una espina. Una piedrecilla. Escrúpulos. Piedras en el zapato. Eso era. Cuántas veces basó sus acciones en aquella esquiva razón, intransigente, lógica, euclidiana: vida recta y bien pensada. ¿Bien pensada? Se dijo. Bien pensada, y bajó la mirada con resignación, con tristeza, como quien sabe que el café se va a acabar, no en la taza, que se va a acabar para siempre, que al final de la vida espera, tranquila, sonriente, farrullera, la muerte.

Epiménides era cretense, y un maldito hijo de puta que se ríe en mi cara ¿Qué es esto? ¿Una burla? Hoy ha sido un día de mierda, fiel reflejo y síntesis de una vida también de mierda. Ciento cuarenta años, si a los putos dieciocho me hubiera quedado en mi pieza, soportando el dolor del cáncer, o abrazándolo con valentía hasta desfallecer, hasta apagarme por completo. Si el puto doctor no me hubiera visto, con esa sonrisa tranquila, bonachona, ya nadie se muere de cáncer, me dijo, ya nadie se muere de cáncer, no, pero se vive una vida de mierda. Qué ganas de decirle ahora ¿acaso tú vas a soportar tanto tiempo vivo? ¿Qué vas a hacer cuando se acabe el café? No el de la taza, cuando se acabe para siempre.

Pidieron la cuenta, caminaron hacia el callejón de siempre, lejos de la autoridad, lejos de la mirada de los otros. Él sacó un papelillo, lo cubrió con las finas hebras del tabaco. Al pasar la lengua por la cinta engomada, recordó la última golpiza que le dieron los pacos por prender un cigarro en la calle frente a unos niños. Mucho tiempo había pasado de aquello. El tabaco se le estaba acabando. El tabaco “se estaba acabando”.

Este orgullo de mierda, de nada, de llevar una vida correcta, y jactarme, de dar cada paso sabiendo lo que va a ocurrir, cálculo, maldito cálculo… y yo fumando, y “yo” fumando. Esta es la vida que me gané, héroe trágico que al final de la obra recibe un pastelazo en plena cara. (Risas del público). Si alguna vez existió Dios y si es que existe, sería como Groucho Marx, pero con ganas de joderte la vida.

Epiménides era cretense y dijo que todos los cretenses son mentirosos, lo dijo y no se retractó, lo dijo en la antigüedad del hombre ¿Y qué? ¿Cómo que “y qué”? es que no entiendo por qué te encabrona tanto. Disculpa, pero… ¿eres huevón? Cálmate, viejo, cuando tomas café y fumas te pones agresivo, eso te va a hacer mal ¿Qué me va a hacer mal? ¡No sabes lo cansado que me tiene esa frasecita mariconcita de mierda! Que “te va a hacer mal” ojalá y me haga mal, ojalá y cayera fulminado de repente, muerto y acabado para siempre. Pero, viejo, sabes que ya no se puede morir, está prohibido, somos gente valiosa, somos los hombres de este planeta, somos… Somos unos conchadesumadres, hermano ¡Date cuenta! Todavía no entiendo ¿Qué te encabrona tanto? Lo tienes todo: educación, salud, comodidad, eres casi un dios ¿Qué te falta, entonces? Sabes, me falta la Muerte, me falta la nada, el fin del cuento… Viejo, esto no tiene fin, hemos alcanzado gracias al progreso el cielo, el paraíso. No, compadre, lo que pasa es que la humanidad murió y está ahora en el infierno por sus pecados. Pero ¿Qué pasa entonces con Dios? Dios sigue vivo en el cielo, pero completamente solo y aburrido. Nietzsche se equivocó, no fue Dios el que murió, fue el hombre y se fue directamente al infierno.

(Silencio. Los personajes se miran a los ojos. El escenario se mantiene igual, sin cambios. Es como si se hubiera acabado el tiempo. Lag).

¿En qué estás pensando, viejo? Nada ¿Cómo que nada? ¿No estarás pensando en la autosupresión? Sabes que es un delito. Sí, lo sé… que me encarcelen entonces, estoy cansado y no voy a permitir más que me digan lo que tengo y lo que no tengo que hacer, ni siquiera yo mismo. Perdimos tantas cosas buenas con este progreso salvífico, que ya ni siquiera sabemos quiénes somos. Espera, no te muevas ¿qué pasa? Tienes algo en la oreja ¿Qué es? No, no puede ser… No puede ser el qué… Amigo, tienes un pelo en la oreja… No, no es verdad, sí, en serio, arráncamelo, nadie lo puede saber, nadie, me oíste. Duele un poco, pero se puede seguir jugando, ¿no será peligroso? claro que es peligroso, y si das aviso, olvídalo… prefiero arrancármelo yo y que nadie se entere… Y vivir una vida de mentiras… Sí, de mentira, como esta que vivimos todos los días.

Silencio. Esto es el infierno. Pero eso, no es la vida. Se desconectaron y siguieron trabajando en la oficina, frente al ordenador. Abrió el diario y leyó: las últimas reservas de café del planeta ya se agotaron. Epiménides, desde una esquina, sonrió.

jueves, 27 de diciembre de 2007

La Cuchara

Cuando su cabeza rebotó en el piso, sintió que algo se rompió. Algo se movió dentro de su memoria. Vio la cuchara en la mesa. Cuando esa mano apretó su cuello tratando de asfixiarla, comenzó a recordar. Ahora veía todo claramente.
Fue a los catorce años. El monstruo llegó borracho, lanzó el miserable plato de comida contra la pared, el huevo se reventó con la misma violencia con que la bestia abofeteaba a su madre, hasta dejarla, como tantas veces, inerte en el piso.
El pecho de la niña, que observaba la escena desde una esquina, se inflamó de indignación y fue en defensa de la mujer, pero el gigante fue más rápido, más violento, más decidido. Ella rodó por el suelo y al chocar contra el muro, sintió en su cara la comida, todavía tibia, que el engendro hubo arrojado a la pared.
Entonces todo calló. El mundo pareció detenerse, expectante de lo que sucedería. La habitación hizo un sagrado silencio, para escuchar los abominables pasos de aquel avatar del infierno que se acercaba con un ritmo asincrónico, resultado inequívoco de la ingesta de caldos maléficos, mientras la cuchara que observaba desde la mesa se deleitaba ante el cruel espectáculo.
La tomó por el cuello y apretó. Tuvo un leve escalofrío cuando sintió la respiración del Némesis de su infancia junto a su cara aún de niña. Las torpes manos de borracho apretaban sus pechos, su secreto orgullo adolescente, mientras salvajemente le despojaba de su brasier, y la seca lengua degustaba placenteramente su cuello. Entonces, con la sutileza de un rinoceronte, le quitó las bragas infantiles.
Fue toda una eternidad cuando la presión en la entrepierna recién florecida le hizo recordar cuando en su infancia el monstruo “jugaba” con ella. Entonces no era siniestro. Ella sentía un calorcito agradable y un sube y baja en el estómago: amaba a su padrastro. Constantemente hacían este juego.
Todo se acabó cuando su madre lo supo. Muchas décadas después, ante una muda cuchara, lloraría con sus lágrimas de vieja, en la húmeda y oscura celda, la injusticia del mundo, de aquella mujer que no la protegió, de aquella que le volvió la espalda por haberle robado un momento al día a su hombre, de aquella a la que habría de defender tiempo después y que por su culpa…
Entonces el minotauro torció el pie y con el peso de su cuerpo cayó hacia el lado. Su enorme cabeza rompió la cerámica de la pared del laberinto. Cayó en cámara lenta, y ella, como Teseo, cumpliría su destino.
Antes había sido estudiado. Ya no aguantaría otra violación, y lo planeó todo: el día, la hora, el lugar en que lo enterraría. Todo sería perfecto. La madre, que ya no lo soportaba, sería quien la ayudaría en el desmembramiento y en la reducción del cadáver. Y así se hizo: nunca más volverían a sufrir abusos de otro hombre
Esa noche, en la cama, el leviatán se iría con el sueño: un profundo corte a la garganta. La cuchara sería único testigo del trabajo de la sierra y del serrucho.
Cuando las garras del ogro soltaron el cuello, un torrente de sangre fluyó descontroladamente hacia el cerebro. Algo extraño le ocurrió: ya no sentía rabia, ni dolor, ni pena, ni miedo… ya no sentía. Su cuerpo se dirigió por si solo hacia la herramienta, hacia el silencioso espectador de su vida, hacia la cuchara. Parecía como si ella hubiera esperado pacientemente toda la vida de la muchacha a que llegara este momento; fue como si el cuerpo supiera, desde la más tierna infancia, lo que debería hacer ahora. La mano se movió mecánicamente y cogió el frío metal. En la cara se dibujó una sonrisa, los ojos muertos, la espalda encorvada.
El hombre abrió los ojos, pero debido al golpe en la cabeza no pudo moverse. Vio con horror a un desencajado rostro, congelado en una mueca indescriptible, embelesado en la cuchara que ella sostenía con la mano derecha. Intentó pronunciar unas palabras conciliadoras, pero nada salió de su mandíbula atascada.
La cuchara buscó el camino más fácil entre la piel y tendones de la articulación del codo. El antebrazo cedió. El hombre, más conciente que en toda su vida, gimió espantosamente de dolor, mientras la cuchara se acercaba peligrosamente a su cuenca derecha.
Después de una hora los dientes ya no estaban en su sitio y la tarea era ahora sacar la mandíbula. Los muñones de los brazos se movían al fin producto del dolor. Ya sin boca, se dirigió a la entrepierna: poco trabajo le dio a la cuchara ya doblada mil veces y ahora triunfante de su misión. Luego las piernas, rodillas, tobillos, orejas, nariz. Luego la piel completa.
Cuando la policía llegó, mascaba desesperadamente y en un éxtasis desenfrenado el intestino, y reía nerviosamente mientras sus uñas despedazaban grotescamente el saco estomacal, llenándose el vientre de jugos.
Ese día nació la maldad en el mundo y se repitió cada vez, la misma escena, el mismo pavor, la misma maldad, cada tarde y cada noche, por el resto de los días, a la misma hora en el manicomio, a la hora de la cena, a la hora de la merienda, al desayuno: cuando le obligaban a comer con cuchara.